En redes circula una imagen que, con humor y crudeza, resume una verdad que todo desarrollador, startup o empresa tecnológica ha vivido al menos una vez: el viaje emocional de un proyecto digital.
La escena comienza con optimismo absoluto. El producto avanza rápido, todo funciona en local, el sitio corre sin problemas y las decisiones parecen acertadas. La sensación es clara: “esto va sobre ruedas”. En esta etapa, el código fluye, las pruebas locales pasan y el entusiasmo está en su punto más alto.
Pero el pico de confianza suele ser engañoso.
Cuando el proyecto se acerca a producción, aparecen los primeros fantasmas técnicos: políticas de seguridad que bloquean APIs, errores inesperados, variables nulas que rompen todo y diferencias entre el entorno local y el real. Lo que parecía simple se vuelve frágil. El código ya no perdona.
A medida que el tiempo avanza, la presión aumenta. Las fechas límite se acercan, los errores aparecen directamente en producción y cada fallo tiene impacto real: usuarios, clientes y reputación. El estrés reemplaza al entusiasmo y el proyecto entra en modo crisis.
El mensaje final de la imagen es contundente y honesto:
👉 “Necesitamos un programador”.
No como burla, sino como recordatorio. El desarrollo de software no es solo escribir código que “funcione”, sino entender contextos reales, manejar errores, anticipar problemas y construir con criterio profesional.
Esta imagen no se burla del proceso: lo humaniza. Muestra que el caos no es un fracaso, sino parte natural del crecimiento de cualquier producto tecnológico.
Porque en el mundo real del desarrollo, el verdadero viaje no es lineal…
y la experiencia es lo que marca la diferencia entre sobrevivir o escalar.